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Iván Trueta



 Textos - Texts



Proyecto - Project 


La sonrisa íntima de la normalidad. Iván Trueta y su espejo de grafito
Roger Bratra hablaba del salvaje en el espejo. Se refería a que dicho concepto —el de salvaje— no era más que el reflejo en el espejo de la cultura occidental. El salvaje, nos dice Bartra, no está en el otro, duerme en lo más profundo de nuestro ser, esperando la menor provocación de la realidad para hacerse presente. Ese detonador cultural es  el desconocimiento, la ignorancia, el miedo. Todo ello se traduce en la necesidad de domesticar ese lado oscuro de nuestro ser, a través del control y destrucción del otro, del ajeno, del desconocido. Eso es lo que ha hecho nuestra cultura a lo largo de la historia una y otra vez. Desde luego que esa operación; la domesticación de nuestra maldad a través de la destrucción del otro, resulta un acto vano: “te aniquilo porque odio mi vileza”. Perversa es la solución porque perverso es el ser humano.

Iván Trueta utiliza la realidad como punto de salida. A partir de allí, manipula sus elementos y reconvierte la forma en una abstracción simbólica. El símbolo es al fin y al cabo la expresión de un lenguaje que de cualquier manera nos conduce a la realidad, ya sea esta física, cotidiana, emocional o trascendente. Eso es precisamente lo que Trueta logra a partir de la manipulación de los elementos formales de su obra, la resimbolización de los mismos para volver nuevamente a una realidad tangible, y en este caso, además, cotidiana. Esa es la constante de su obra y esta serie no es la excepción.

Nuestra sociedad se define por la búsqueda constante de la normalidad, que es decir el equilibrio. Para lograrlo recurrimos persistentemente a dos cosas, a saber, la exageración de lo ideal y la negación de lo grosero. Lo importante no es ser feliz, sino aparentarlo, y para ello es preciso ocultar lo oscuro con la sobredimensión de lo claro. Claroscuro es lo que define al ser humano, desde sus proyectos de vida a largo plazo, el camino a recorrer para ello, así como el día a día, la rutina que se convierte con el tiempo en pura costumbre. De este modo, en el día a día,  construimos no nuestros sueños, sino los que la sociedad nos presenta como un sueño colectivo, pero en verdad homogéneo. La excepción, la diferencia no tienenen cabida. Cuando surgen, han de ser reprimidos y domesticados; eso sí, con una sonrisa en los labios. Sólo así podemos compartir nuestros anhelos que son ahora comunes, el mismo sueño para todos, sin excepción, sin variable alguna que rompa la regla de la felicidad colectiva.

El descanso diario, la merienda, el turismo, el juego infantil, e incluso el amor, se convierten en algo plausible de tornarse público, de ser socializado. Es precisamente allí, en la socialización de lo cotidiano, donde procuramos esconder lo feo y exagerar lo hermoso. Si viésemos la obra de Trueta a la ligera, sin detenernos en el detalle, hallaríamos una obra definitivamente cursi y superficial, una obra cercana a lo que nos informa la televisión oficial, a las telenovelas y las noticias del Estado. De ser así, su obra sería el eco y reflejo vacuo de un mundo ideal transmitido por quienes nos gobiernan y por su clase política, todo ello con el silencioso y cómodo beneplácito de la sociedad.

Ese es precisamente el primer recurso de Trueta, jugar con nosotros a ese mundo de fantasía de la pantalla chica, nuestro diario “Mundo de juguete” donde sólo pasan cosas lindas. Sólo después, como parte de ese juego, nos propone buscar la anormalidad, es decir, lo que desde ese discurso oficial del Estado se sale de la normalidad. Nos propone así buscar ese frijol en el arroz, la mancha que afea ese mundo bonito del que queremos formar parte. Eso sí, siempre como un juego. Pero lo que le da el valor pleno de inteligencia es su humor negro. Nos obliga a reirnos porque hemos hallado esa piedra en el zapato plasmada en blanco y negro, escondido en la puerta del comedor, en el suelo de la sala, sobre el regazo de quien lee tranquilamente en la sala de su casa, a espaldas del amor simbolizado en las manos de un enamorado.

Cediendo sin conceder, Trueta hace suyo el discurso de la clase política, donde la violencia aparece siempre en segudo plano. Trueta coloca estos símbolos —a través de la intensidad lírica que se expresa en su claroscuro—, siempre escondidos, o bien temáticamente en un lugar secundario. Sólo desde la lectura hermenéutica de la obra hallamos su sentido profundo, a saber, la violencia aparentemente dividida, conforma un todo en nuestras vidas. Somos el origen y destino de la misma, es por eso que resulta imposible escapar al engaño, autoengaño social y colectivo. Es en esa lectura de ida y regreso donde Trueta nos sugiere la verdadera crítica. El dolor, la oscuridad, el miedo al otro y a uno mismo se materializan en una ametralladora, en una pistola, una granada, un tierno perro policial, un agente de la Policía Federal. Sí, así es como la vemos todos, los días. Pero su origen no se halla allí, sino en cada uno de nosotros. Si el miedo y la violencia han pasado a ser parte constitutiva de las noticias de nuestro desayuno diario, es precisamente porque lo hemos aceptado, porque lo hemos pedido a gritos con nuestro silencio. Complicidad es precisamente lo que el autor denuncia, complicidad de hormiga que ordena y sociabiliza la tragedia de nuestra doble naturaleza humana, la alegría de las ancianas buscando quizás pequeñas conchitas en la playa, y la tragedia oscura de cargar a la espalda con una metralleta. Eso es precisamente lo que Trueta saca a la luz y la convierte en un símbolo.

En nuestro mundo ideal procuramos escindir la violencia de lo hermoso, llamándole a esta operación simplemente equilibrio. Sin embargo, como si de una cachetada de realidad se tratara, Trueta recupera esa “basura” que hemos alejado de nuestras vidas y exiliado a una nota periodística que nos es ajena por distante. Trueta identifica esos escombros y los ata a través del grafito al lugar a donde en realidad pertenece, a esa doble naturaleza de cada uno de nosotros. No es el autor quien ha separado inutilmente lo claro y lo oscuro. Hemos sido nosotros, esa sociedad que vende su felicidad por mendrugos de tranquila seguridad, esa sociedad que pone a dormir su libertad en lechos plantados de granadas, que comparte su intimidad con guaruras y modernos robocops, que se rodea de armas y las convierte en decoración de su hogar. Recordémoslo bien; salvo en una sola obra, los objetos y sujetos del miedo están allí para nuestra ataraxia y protección, porque nosotros lo hemos pedido con complacencia y silencio.

En esta obra hallamos ese mundo de contradicción plasmado —por qué no decirlo—con un excelente humor negro. Recordemos, el humor es el recurso inteligente de quienes no tienen más armas que un grafito en la mano y un papel frente a sí. Trueta juega con nosotros, se ríe de nosotros, esperando hacernos cómplices —no hay humor si no hay complicidad— y reirnos juntos de lo que es la realidad de todos los días. Eso es lo que nos queda, reirnos ante el dolor y el sufrimiento de todos los días, el miedo hecho imagen en grafito y papel. La tradición mexicana nos refiere que ante la rabia y la impotencia sólo nos queda el humor. ¿No somos acaso el pueblo que se ríe de la muerte? Pero la obra de Trueta suele dar siempre un paso más allá; “muy bien, ya nos reímos, y ahora ¿qué?”. Eso es lo que pretende —si es que pretende algo—, dejar la contradicción en nuestro espíritu, la denuncia de lo insólito de nuestra normalidad. Si la constante en esta serie es la ostentación discreta de la tecnología al servicio de la violencia, no es gratuito que la obra más impactante sea precisamente la más sencilla. El manual de cómo agredir, neutralizar y quizás matar en pandilla es la obra que llega hasta el punto medular del origen de la violencia.

Si el trabajo de Trueta separa la luz y la oscuridad del ser humano para volver a juntarlos coreográficamente en lo que pareciera el storyboard de un crudo musical del siglo XXI, esta obra constituye el resumen de todo ello; el origen de la violencia está en mí, en ti, en todos nosotros. La pertenencia al grupo es lo más importante, es lo que debe ser salvado de la catástrofe social, no importa cuál sea el precio a pagar. El autor se representa a sí mismo como la víctima, como el costo ofrecido a la comunidad para conservar así la identidad de grupo. El sacrificio de nosotros mismos es imprescindible para no romper la feliz armonización de las diferencias. La semejanza de cualquiera de los personajes con nuestros conocidos, amigos y aún nosotros mismos, resulta absolutamente chocante. En esta ocasión, el autor nos ha devuelto la agresividad colectiva a punta de dibujo. Tú, yo, todos nosotros, llevamos latente esa violencia que se materializa en la circunstancia más inesperada, en el grupo, en la falsa identidad que construimos como sociedad. Sin duda la imagen nos advierte que si el silencio cómplice y complaciente de las otras obras nos exige un día pasar a la acción, la esa violencia latente nos permitirá también justificar lo injustificable, la raíz misma de los estados totalitarios.

Con esta obra Trueta nos advierte otra cosa; el humor no es suyo, es compartido, es un lenguaje que nos permite salvar lo trágico de la contradicción que el autor nos presenta. Pero eso sí, Trueta no hace más que utilizar las palabras que ya conocemos. Es de este modo como ahora las pone sobre el papel a través del festejo del grupo. Es sólo un juego, un deporte. Ese individuo tirado en el suelo al final de la diversión, ni siquiera es hombre, no es persona. Allí reside la frontera que mantiene a salvo la conciencia, o como dijera un político mexicano: “los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas”. Pero ni siquiera él mismo —el autor— se libra de la condena generalizada. Nadie está a salvo de esta vorágine , ni él mismo. El otro manual, donde él mismo se ha representado con una pistola en la mano haciendo ejercicios de tiro en un enfrentamiento (¿o lo es en realidad?), es la respuesta en espiral al manual anteriormente comentado. Ante un tubo como arma asesina, respondemos con algo más contundente, algo así como una pistola. Ante la violencia, sólo la violencia. Ante el miedo, más violencia aún. Como hemos dicho, la desconfianza, el miedo, proviene de la ignorancia, del desconocimiento. Como en el diván del psicoanalista, odiamos lo que mejor define nuestros defectos. Respondemos airados y ofendidos al que nos muestra la vileza de que es capaz el ser humano, y lo condenamos, lo rebajamos al nivel de roedor. Siempre es más fácil aniquilar a una rata que a un ser humano.

¿De donde viene esa rabia contenida, ese odio al prójimo que se torna de inmediato en juicio y sentencia? Será que se parece demasiado a nosotros mismos, será que en el fondo le temo a lo que soy, a lo que puedo llegar a ser si la sociedad, la comunidad me lo pide. Será que como desde hace siglos, no logro lidiar con el salvaje que llevo dentro.  Prefiero exorcizarlo a través de cuadernos de viajes exóticos a las Indias, de crónicas de conquista, de santas cruzadas, de civilización del negro y el indio, de cultura helénica en la selva maya. O mejor aún, de “pacificación civilizatoria”, de “mal menor”, de “guerra contra el narco”, de rejas, alarmas y cámaras del gran hermano, de guaruras y policía federal, del arma que llevo conmigo a la guardería de mis hijos, al lugar donde laboro, a la fiesta con los amigos.

Lo que Trueta no dice en su obra, en ningún momento, es si existe alguna otra opción, por ejemplo la que pasa por construir un diálogo con el otro, alejado de pistolas, granadas y guaruras. Lo que no encontramos allí es el lado luminoso que nos hace valiosos como seres humanos, el que se identifica en la diferencia, el que se ve en la tragedia del otro, el que no ha olvidado el sentido y significado de la palabra solidaridad. Sabemos que Iván Trueta no es un pesimista, … pero esa es otra historia.

Ariel Arnal